La quinceañera


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En muchos países latinoamericanos el decimoquinto cumpleaños de las adolescentes suele celebrarse de una manera muy especial, no es un aniversario cualquiera: la niña ya es una mujer. La celebración de ritos que festejan el tránsito de la infancia a la edad adulta ha existido desde los tiempos de Maricastaña en todo el mundo. Tribus como los Mayas o los Toltecas y otras muchas en América los celebraban. Se sabe que estos ritos existían también en la Península Ibérica y que la Iglesia los adaptó a su liturgia. Es posible que los misioneros españoles que llegaron a América los aprobasen, siendo, como al parecer eran, muy similares a los de iniciación cristiana. Celebraciones religiosas aparte, muchas familias hacen grandes esfuerzos económicos para organizar fiestas en las que visten a las niñas de gala y celebran bailes y banquetes como si de una boda se tratara. En estos festejos que acompañan a la celebración de la fiesta de los quince años, o “Quinceañera“, el pastel es una pieza muy importante: a tono con el vestido de la homenajeada y con los motivos de la decoración, suele ser de gran tamaño y colorido.

La semana pasada fue el 15 cumpleaños de mi sobrina Marina, que es ya toda una mujer, y quise homenajearla haciéndole la tarta más bonita del mundo mundial. Acordándome de esta tradición de nuestros hermanos del otro lado del charco ideé para ella esta tarta de decoración sencilla pero efectista: un bizcocho cubierto completamente de color rosa con un lazo múltiple blanco en el centro, como si fuera un gran regalo.

Alguna que otra consideración antes de empezar

Estas tartas tan aparentes y que están tan de moda suelen estar cubiertas y decoradas con fondant , que da un resultado estupendo porque es muy maleable, sirve tanto para cubrir como para modelar, se maneja como si fuera plastilina, se puede colorear a placer y, al secarse, guarda la forma y presenta un acabado liso y mate. Vamos, que con un poco de habilidad podemos hacer lo que queramos con nuestra tarta y epatar al personal. Lo que sucede es que el fondant es dulzón (aunque tiene grandes adeptos) y, además, como incorpora bastante peso a la tarta, necesita de un bizcocho denso para que no se nos hunda el pastel. A esto le añadimos que el proceso de decorado puede ser muy largo y no es conveniente guardar la tarta en la nevera porque, al sacarla, la condensación que se produce por el contraste de temperatura hace que se formen gotas y ese agua disuelva el azúcar y se estropee una tarta en la que probablemente llevas trabajando un montón de horas, o incluso más de un día. En conclusión, es mejor no usar un relleno que necesite frio: nada de cremas pasteleras, o de mousses, nata… Mejor nos inclinamos por una mermelada o un buttercream.  En fin, que vamos a preparar una tarta preciosa pero pesada, dulzona, densa y con poco sabor… De ahí la mala fama de que goza en círculos muy ortodoxos la llamada repostería creativa. Ahora bien, yo os aseguro que eligiendo bien el bizcocho, empapándolo debidamente, con un relleno a base de chocolate fundido (y alguna cosita más) y controlando el grosor de la capa de fondant, la tarta puede ser también espectacular de sabor.

En cuanto al modelado, no os aconsejo que os lancéis sin red a la primera; haced un taller o dos de una tarde antes de empezar en solitario, ahora hay un montón de oferta. Y no dejéis de buscar en Youtube la infinidad de tutoriales que cuelgan los blogueros como Dios manda.  Y con eso, paciencia, escuadra y cartabón, podéis hacer mil y una maravillas.

La tarta de Marina

Para la tarta de mi sobri elegí un bizcocho 4/4 (cuatro cuartos) porque tiene densidad suficiente sin resultar demasiado pesado y tiene mucho sabor. Se llama así porque lleva cuatro ingredientes en proporciones iguales.

Para un molde de 20 cm:

4 huevos XL (70 – 75 gr/huevo)

El mismo peso de azúcar

El mismo peso de mantequilla

El mismo peso de harina

Además, un sobre de levadura y aroma de vainilla.

Preparamos el molde haciéndolo un poco más alto con papel de horno puesto alrededor (por si el bizcocho creciera por encima del borde) y lo engrasamos.

Precalentamos el horno a 180º.

Batimos la mantequilla con el azúcar hasta que esté esponjoso.

Agregamos los huevos de uno en uno, sin dejar de batir.

Incorporamos las esencias.

Tamizamos la harina junto con la levadura e incorporamos a la masa. Mezclamos bien para que se incorpore, pero sin batir demasiado.

Horneamos a 180º unos 45 minutos.

Dejamos en el molde un cuarto de hora como mínimo antes de desmoldar.

Desmoldamos y pasamos a una rejilla para que se enfríe.

Dos consejos: el primero es desmoldarlo boca abajo, así la parte que estaba en contacto con la base del molde, y que está mucho más lisa, se queda arriba; el segundo es que hagáis el bizcocho con un día o dos de antelación y una vez frío lo envolváis bien en film y lo saquéis en el momento de ir a rellenarlo: el bizcocho se habrá asentado y se cortará mucho mejor, sin apenas desmigarse.

Para el relleno preparé un buttercream de chocolate:

250 gr. de mantequilla (tiene que estar blandita).

30 ml de leche entera.

Esencia de vainilla

500 gr. de azúcar glass.

250 gr. de chocolate para postres, fundido.

Batimos todo junto, menos el chocolate, hasta que esté esponjoso (la textura ha de ser como la de la nata montada). Cuando esté, se añade el chocolate. Preparamos una gran cantidad porque esta tarta lleva dos cortes y además, para que se pegue el fondant que lleva por encima, va toda cubierta de chocolate.

Para el almíbar: agua y azúcar a partes iguales, que ponemos a calentar hasta que el azúcar se haya disuelto completamente. Podemos aromatizar el almíbar con licor; yo no lo hice porque la destinataria es aún muy joven, pero infusioné una corteza de naranja, que le dio muy buen sabor. En cualquier caso, tanto el licor como la corteza, se le añaden una vez retirado del fuego.

Montaje: hacemos dos cortes al bizcocho, empapamos bien la base con almíbar, rellenamos con el buttercream de chocolate, cubrimos con uno de los cortes y repetimos la operación. Por último, una vez rellena la tarta la cubrimos toda de buttercream, procurando alisar bien la superficie para que luego el fondant quede liso y uniforme. Antes de cubrir con fondant, conviene dejarla reposar unas cuantas horas.

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Aquí se aprecian bien los dos cortes y su relleno, abundante para que la tarta no resulte reseca.

Para la decoración, estiré fondant rosa (necesité casi medio kilo; para calcular cuánto comprar, esta tabla es muy útil), cubrí la tarta, la alisé y corté el sobrante de abajo. Para que no se viera el corte y quedase bonito el borde, hice círculos con un cortapastas, los corté por la mitad y los coloqué formando una blonda. Para el lazo, me serví del tutorial de Tartacadabra para hacer un lazo múltiple bicolor, aunque yo lo hice todo blanco. Medí el centro, coloqué el lazo e hice las tiras que envolvían la tarta como si fueran una cinta, del mismo ancho que las que formaban el lazo. No resultó difícil de hacer, pero sí que tuve que programarme bien, porque hay que dejar secar bien el fondant para que endurezca y no se deforme y esto hay que hacerlo, por lo menos, de un día para otro. Para pegar las cintas, el lazo y la blonda, bastó con mojar un poco la superficie con un pincelito empapado en agua, con mucho cuidado de que el agua no gotease y arruinara la tarta. Un trabajo de chinos. Y muy prolongado en el tiempo. Empecé la tarta un jueves y la terminé un sábado por la noche. Casi nada. Pero valió la pena: creo que es la tarta más bonita que ha tenido mi sobrina en su vida. Verle la cara cuando vino a recogerla compensó todo el esfuerzo.

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La tarta quedó tan bonita que mi gato Zero casi se desmaya al verla

¡Ah! Y desde aquí todo mi agradecimiento para Carlos, el padre de la criatura, que está a punto de convertirse en el fotógrafo oficial de este blog, si es que no lo es ya.

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